BIENVENIDO AL MUNDO DE LOS SUEёOS, DE LAS HISTORIAS QUE NACEN DE LA VIDA COTIDIANA, LA SOLEDAD Y LA FANTASÍA

11 julio, 2010

La paloma

Uno de los más nítidos y antiguos recuerdos de mi niñez lo constituye una gran muralla que separaba nuestra casa de la de los vecinos. Tenía aproximadamente seis metros de alto por sobre los veinte metros de largo y su espesor era de veinticinco centímetros, obviamente de Adobe. Debo aclarar que por ese entonces, para mí constituía el final de mundo.

En un extremo, que para nosotros era casi el fondo del patio, la pared tenía un orificio estrictamente circular, de unos dieciocho centímetros de diámetro, que comunicaba con la cocina de los vecinos (comunicación hecha intencionalmente, probablemente en los tiempos que ambas propiedades constituían una).

Recuerdo que para el Terremoto del 64, mi madre limpiaba el desgrasador de la cocina, que era un depósito que almacenaba la grasa del lavaplatos. El movimiento telúrico la llevó a ubicarse con la suciedad hasta más arriba de los codos, frente a la pared, que se movía como hoja de papel al viento. Mi padre, al escuchar sus gritos, la cogió de un brazo, sin permitirle arrancar, mientras ella gritaba con pavor que la pared se les vendría encima. Fueron segundos interminables, más que por el movimiento (que para mí, a esa edad no era más que un juego), por la angustia con que mi madre gritaba a mi padre que la soltara. La pared se mantuvo firme, sin mostrar huella del enorme movimiento.

Un hermoso día de primavera, desde esa misma pared cayó al patio una paloma herida, en un ala, lo que le impedía volar. Fue un gran alboroto, en el que se involucraron mis hermanas, mi madre y mi Nana (la asesora del hogar que nos acompañara desde que nací hasta que cumplí nueve años). Mi corta edad no me permitió ser más que espectador. El diagnóstico fue rápido: Tiene un ala rota, hay que cuidarla hasta que esté bien, de lo contrario se la comerán los gatos. Lo que siguió fue un proceso rápido: Mientras mi madre la curaba, mis hermanas hacían hoyos a una caja de zapatos, que sirvió de albergue a la paloma mientras su herida le impedía volar. A diario veía como mis hermanas mayores la alimentaban.

Me acostumbré a la presencia de la paloma, días que a mis cortos años parecieron meses. Sin embargo llegó el día en que mi madre anunció que la paloma ya podía volar, y que intentaría soltarla para ver si era capaz de sostener el vuelo y partir. Me costó entender que la paloma debía irse. Con solemnidad mi madre abrió la caja, sacó la paloma y la echó a volar. Para mi pesar, voló y voló, traspasando las fronteras de la pared, dejando atrás el breve espacio que mi mirada abarcaba. Aún lo recuerdo como una pérdida.

Debido a varios cambios de casa, no sé si la pared resistió los terremotos siguientes, de los años 71, 85 y 2010. Sin embargo importantes paredes de mi vida se agrietaron con éste último sismo.

Me olvidaba, durante mucho tiempo la paloma volvió a visitarnos cada tarde.



20 noviembre, 2009

EL PAPEL DEL PAPEL


Hace unos días, sentado en el baño con un libro de mi escritor favorito que no voy a mencionar -sólo diré que es mexicano, al sacar un pedazo de papel higiénico, reparé, con sorpresa, que tenía letras, pequeñas, casi ilegibles (debo decir que enciendo la luz del baño aún de día, por mi obsesión de leer hasta la letra más pequeña, desde la época que fui redactor de contratos en una multitienda).
Me sobresalté al ver que se trataba de un mensaje, que más parecía una súplica: ¡Por favor, al que lea, estoy raptada en una bodega de papeles, entre rollos y cartones, auxilio! Más abajo, aparecía una dirección que fácilmente identifiqué (porque hasta hace poco trabajé de taxista).
Guardé el papel en un bolsillo y saqué otro pedazo y mi impresión fue total al ver impreso otro mensaje. Se trataba de un niño que denunciaba a su madrastra de maltrato sicológico y golpizas. Al final del desesperado texto aparecía un número telefónico, que por su código, reconocí se trataba de un sector acomodado de la ciudad (esto lo sé porque trabajé largo tiempo en la principal empresa telefónica de mi ciudad).
Con el ánimo de ayudar, guardé también este mensaje (Ayudar al prójimo es algo que siempre me ha gustado, por eso desde muy joven soy bombero).
Al sacar nuevamente papel, mi indignación superó a mi sorpresa (pocas cosas me indignan o sorprenden, después de haber trabajado en la oficina de reclamos del servicio al consumidor).
El papel contenía el mensaje de auxilio de una anciana de noventa y nueve años (el número nueve y cualquiera de sus múltiplos siempre han sido para mí cabalísticos, porque la suma de los dígitos siempre es nueve, lo sé porque fui ayudante de un experto en numerología y adivinación). En su nota, la mujer denunciaba maltratos recibidos en el Hogar de ancianos donde su familia la había abandonado. Solidaricé con la situación (me desempeñé bastante tiempo en una institución de protección de la ancianidad). En el papel aparecía el nombre de la anciana y el del asilo, el que identifiqué (alguna vez lo visité en mis años de repartidor de correos).
Cuando volví a sacar papel, sólo quedaba un trozo pequeño e insignificante, que claramente no me alcanzaba (suelo ser muy cuidadoso con mi aseo personal, hábito que adquirí en los años que trabajé como empleado de un hospital). Después de meditar detenidamente la situación, considerando que vivo solo, tomé el lápiz que manejo en el baño y sobre el pequeño papel escribí un mensaje diciendo: me encuentro solo en el baño de mi casa, sin papel higiénico. Hice un avioncito con él y lo arrojé por la ventana.
Confío en que vendrá alguien a rescatarme, porque siempre he sido muy confiado en la bondad de las personas, sobre todo ahora que soy Secretario de un Candidato Presidencial.


01 diciembre, 2008

DIVERSIDAD E IGUALDAD (Mención honrosa Concurso de Microcuento arbitrario, Tema: Los Zapatos, Colegio Altamira)

En el momento que la Zapatilla de Tenis entró al salón, la Pantufla comentó: -Y a ésta, quién la invitó- La Chala asintió con mirada cómplice.

Apenas hubo cruzado el umbral, salió a recibirla la dorada Zapatilla de Clavos, bella y punzante, como una Rosa. Juntas recorrieron el salón y fueron a reunirse con el exclusivo grupo formado por la Zapatilla de Escalada (vestida en tonos Lila y plateado), el Zapato de Fútbol, el Zapato de Trekking y el de Andinismo, ambos térmicos e impermeables. Cerca de ellos, la Zapatilla de Ballet coqueteaba con el zapato de Tango y el de Tap.

La frustración de la Chala y la Pantufla residía en que sólo eran tomadas en cuenta por el Zapato Escolar y en ocasiones por el Mocasín, quién amaba en secreto a la Zapatilla de Clavos, a pesar de estar emparejado con la Alpargata, no muy bella, pero muy alternativa.

La Chala intentaba acaparar la atención de su entorno inmediato, comentando que en algunos países era conocida como Chola, que habría sido originalmente su nombre

Iniciada oficialmente la reunión, la Bota de Montar tomó la palabra y propuso hacer comisiones que estudiaran la forma de buscar la igualdad entre los miembros de la comunidad.

La opinión del Zapato de Seguridad no se hizo esperar: -¡Es un profundo error, nuestro problema es que en el fondo ya somos iguales, por ende, soñamos con ser diferentes y quizás por eso han fracasado ideologías totalitaristas-

Es verdad, opinó la Hawaiana, la única igualdad sostenible es la de oportunidades para nuestros hijos, para que ellos puedan algún día llegar a ser diferentes-

Con voz afeminada, el Zapato de Flamenco gritó: -Yo amo la diferencia-

Esta opinión causó tal revuelo que todos hablaron al mismo tiempo y ya no se entendió nada.

En medio del alboroto, me fui de allí con la convicción de que interiormente todos albergaban un deseo común: Ser elegidos por un pie con buen olor.

Memorias de una bota militar


Olvido

Siento que mis días se acaban.

Hace tiempo fui muy considerado, se apreciaban mis servicios, sentía que me reconocían y hasta que me mimaban, dándome cuidados, especialmente en lo que a limpieza se refiere. Si he de ser sincero debo admitir que fui desgastándome como consecuencia de prestar servicio día tras día, de recorrer calles y calles sin descanso.

Todo fue empeorando, conforme pasó el tiempo (o quizás yo pasé a través de él) envejecí, y dejaron de tomarme en cuenta. Así pude ser testigo de la llegada de elementos más jóvenes, más bellos y con estilos diversos y renovados. Me sentí despojado.

La verdad, nunca perdí la esperanza. Intenté reconstruirme anímicamente. En mi fuero interno albergué la ilusión de ser reconsiderado.

Sucedió un brillante día de primavera, mi gran oportunidad: Salimos, como en los viejos tiempos, nos tocó ir a una zona de cerros. Subimos toda la mañana por senderos hechos por las caídas de agua producto de la lluvia. Era un trabajo altamente demandante, yo enfrentaba con entusiasmo la exigencia y el rigor. Fue en una piedra filosa que estaba a la orilla del camino, me golpeé, me rasgué y se me desprendió la suela, y de un momento a otro, fui “inservible”.

En ese momento aciago, esperé alguna deferencia en compensación por todo el tiempo de buenos y leales servicios, por ejemplo un cambio de suela o de media suela por lo menos; por el contrario, en el mismo lugar, fui abandonado.

Un tiempo después, allí, en medio de un acopio de olvido, me enteré, para mi desgracia, que a diferencia de los Zapatos, a las Zapatillas no se les cambia la suela.



24 enero, 2008

YO, VAMPIRO


23 de marzo

Hace varios días que me estoy sintiendo extraño, con menos fuerza y lo que más me inquieta es la falta de ganas de salir por las noches a buscar mujeres jóvenes para saciar mi hambre, lujuria y pasión.

Recuerdo que mis ansias eran tales, que una noche me llevaron a tomar una joven muy bella y ardiente. Fue una experiencia inigualable, al punto que mientras teníamos sexo, gritaba de placer, aullaba, gemía, se volvía loca. En medio de la agitación, no sintió como mis colmillos rompían su cuello, y en un interminable orgasmo su vida se fue apagando; se durmió diciendo: -Te amo, te amo-. Se durmió, como se mueren todos los desangrados. Fue tan excitante para mí, que a pesar de quedar satisfecho (nutritivamente hablando), tomé tres chicas más aquella noche, buscando emular la sensación que esa muchacha me produjo.

El caso es que ya no siento esas ansias, me dan ganas de quedarme en casa por las noches. A veces pienso que es por lo contaminados que están los humanos hoy, tanta droga, tanto alcohol, más la contaminación ambiental, quizás sea eso, y la solución esté en ir a vivir a una zona rural, como cuando el mundo era joven y Londres era sólo una aldea en medio del campo.

15 de mayo

Sigo con la sensación extraña, a veces pienso que me estoy volviendo humano nuevamente. He ido perdiendo las ganas de beber sangre humana, he empezado a beber sangre de res y de cordero. Es que antes, cuando no tenía humanos a disposición, cuando había menos habitantes en el mundo, porque en estos tiempos sobran los candidatos a un buen banquete, debía mantenerme varios días con sangre animal, que aunque poco nutritiva para mi naturaleza, de algo me servía. En esos días mis deseos de sangre humana iban aumentando conforme bebía sangre animal.

Recibí una llamada hace unos días, una antigua amiga, Gina, la conocí en París en 1881, era muy bella, por eso, sin su consentimiento, la hice inmortal. Lo que no tuve en cuenta fue su mal humor y las ganas de controlarlo todo, incluso mi vida. Eso me hizo abandonarla al poco tiempo. A veces pienso que debí hacer inmortal a aquella otra muchacha, la apasionada. Lamentablemente o mejor dicho estúpidamente la dejé morir.

16 de junio

Estoy definitivamente alarmado, hace unos días vi a unos niños jugando y sentí ternura, un sentimiento que no experimentaba hace cientos de años. Salía de mi casa, anochecía, me detuve a contemplarlos, en ese momento salió una mujer, los llamó con voz enérgica, tal vez confundiéndome con un abusador de menores. Me sorprende la cobertura que tiene el abuso de menores hoy. Yo recuerdo siglos atrás, como se divertían algunos Barones y Duques con jovencitos, y que decir de los curas. En ese tiempo se ocultaba muy bien esos excesos. En más de una ocasión me ensañé con uno de esos tipos, los vaciaba con un poco de rabia. El caso es que quedé parado solo en la calle, con ese raro sentimiento.

También me tiene preocupado un extraño deseo de ver el amanecer, al que antes detestaba. Hace varios días que al llegar a mi casa me quedo mirando por la ventana.

18 de julio

Ayer me descubrí una arruga en el rostro, como si me estuviera afectando el tiempo. Pocos se han preguntado cómo andamos siempre tan impecables si no se refleja nuestra imagen en el espejo. La respuesta es simple, poseemos espejos de plata. Plata muy trabajada y de la mejor ley.

No me gustaría envejecer.

9 de agosto

Esta tarde al levantarme probé cereal con leche. En los tiempos de mi humanidad no existía. Mientras comía me sorprendí pensando en una muchacha que conocí poco tiempo antes de convertirme. Creo que me enamoré de la muchacha, aunque no la había recordado amorosamente desde esos tiempos.

No he bebido sangre humana hace un mes, y la sangre de vacuno no me dio el resultado que me daba en los tiempos de escasez.

27 de agosto

Hoy ha venido Gina, recordamos viejos tiempos. Luego tuvimos sexo. Fue un tanto desenfrenado, de parte de ella, ya que sólo me dejé llevar por la nostalgia mientras sentía una rara sensación, algo parecido al amor. En un momento, en medio de sus orgasmos, sentí sus colmillos en mi cuello, tuve una gran excitación, le dije que la amaba y mientras lo hacía, dulcemente me dormí.


20 enero, 2008

LA RESISTENCIA

Cuando los militares fueron a buscar a su madre, contuvo sus lágrimas, y recordó que su padre le había dicho que debía se valiente, pues ahora era el hombre de la casa. Sólo contaba con diez años de edad y ya conocía los horrores de la dictadura implantada dos años antes, que habían alejado a su padre al exilio en un país europeo. Esa mañana había despertado bruscamente por los ladridos de Sultán, un enorme perro de sólo dos años, mezcla de pastor alemán y boxer, terror de perros y gatos del vecindario. Hacía sólo cinco días los había hecho pasar un mal rato: mientras su madre conversaba con una vecina que paseaba a su perro de raza "salchicha", Sultan perseguía al perro pequeño como jugando, hasta que, para espanto de la vecina, Sultán llegó con el "salchicha" muerto en el hocico y lo depositó en los pies de su dueña. Por eso, despertar con los ladridos de Sultán le resultaba preocupante, aunque jamás imaginó que fuera una patrulla militar que llegaba a detener a su madre, para que entregara información sobre el movimiento de resistencia que su padre encabezaba en el exilio.
Damián, pese a su corta edad, vivía atemorizado, había crecido sabiendo del dolor de muchos, especialmente de su madre a causa de la separación con su padre hacía ya dos largos años.
Estoicamente subió a la camioneta que condujo a su madre hasta las frías instalaciones militares, una vez allá, lo dejaron en una pequeña sala de espera, casi sin muebles, sólo una mesita y un par de sillas, ornamentada exclusivamente con una foto enmarcada del Dictador colgada en la pared.
A su madre la llevaron "adentro" para interrogarla, mientras él esperaba la llegada de un tío, hermano de su madre, con el que se iría mientras su madre permanecía detenida.
Al cabo de una hora aproximadamente, apareció un militar, al pasar por su lado le sonrió y le entregó un pequeño paquete acompañado de un guiño. Damián lo recibió y lo apretó en su mano. De inmediato pensó que se trataba de un militar disidente, y el paquete debía ser un mensaje que él debía hacer llegar a su padre, un mensaje importante sin duda para mantener alerta a la resistencia.
Su tío, quien no compartía los ideales de su padre, no debía enterarse. Así, cuando le avisaron de la llegada de éste, apretó muy fuertemente la mano para ocultar el mensaje. Desde ese momento, la principal preocupación de su mente aún infantil, fue como hacer llegar el mensaje. Guardando silencio, subió al automóvil de su tío y esperó a estar solo para leer el mensaje. Al llegar a casa de su tío, pidió ir al baño, una vez allí, cerró con llave la puerta y cuidadosa y lentamente abrió la mano, entonces lo invadió un sentimiento mezcla de sorpresa y desaliento, al comprobar que en su mano sólo había chocolate derretido.

27 febrero, 2007

MIEMBROS DISIDENTES

Hace unos días fui al supermercado a pie, pensando comprar sólo un par de cosas, por supuesto una vez allá, me fui entusiasmando y regresé caminando con tres pesadas bolsas en cada mano, las nueve cuadras que separan el supermercado de mi casa.
Después de un rato caminando, mi rodilla derecha alegó maltrato: - Es demasiado peso para mí-. Comprendí su reclamo, porque hace unos años me lesioné de gravedad jugando fútbol.
Sus reclamos sólo cesaron cuando intervino mi tobillo izquierdo: - Yo también me siento maltratado, aunque mis esguinces son antiguos, nunca me desinflamé totalmente-. –No seas injusto- Dijo mi tobillo derecho, - Llevo años haciendo parte de tu trabajo-. – ¡También yo!- Exclamó mi rodilla izquierda, - Llevo años haciendo parte del trabajo de mi compañera y nunca me he quejado-. Entonces la cadera derecha suspiró, y con voz muy sutil dijo: - No porque sea silenciosa piensen que voy a durar toda la vida, he sido yo la que ha hecho gran parte del trabajo de la rodilla derecha desde la lesión. Ya el paseo que hicimos la semana pasada por la orilla del mar, en desnivel, me dejó resentida -.
En ese momento mi hombro izquierdo habló fuerte: - ¡Perdón! Yo soy el que soporta el peso de esas bolsas a pesar de esa antigua tendinitis. –Siempre quejándose-, exclamó mi hombro derecho.
En ese momento mi estómago emitió unos ruidos raros y comencé a experimentar náuseas, mientras evocaba las discrepancias al interior de la Concertación, conglomerado de gobierno.
Al llegar a casa dejé las bolsas encima de un mueble y me recosté. Antes de dormirme di gracias al corazón, el hígado y a las glándulas endocrinas, por su eficiencia, su lealtad y su silencio.


02 febrero, 2007

REGRESO

Una de las primeras cosas que hice a mi regreso del exilio fue recorrer el centro de Santiago, como un turista: clavando la vista en cada construcción antigua, en cada rincón de la que fue mi ciudad por casi veinte años. Si bien me parecieron disminuidos, me imagino que por la inevitable comparación con las grandes catedrales, castillos y fortificaciones de Europa, me produjo un gran placer ver nuevamente el edificio de la Universidad de Chile, la Catedral, el Banco de Chile, el edificio de Correos, en fin, hasta el edificio de la UNCTAD, al que ahora llaman Diego Portales, me produjo nostalgia, aunque toda la zona que servía de comedores populares durante el gobierno de Salvador Allende ya no existe, según escuché, por un incendio ocurrido hace un tiempo.
Nunca estuve involucrado en política. Por supuesto que era simpatizante de la Unidad Popular, más aún, mi madre era secretaria personal de un ministro de la época, mi hermano mayor pertenecía al GAP (guardia de amigos personales del Presidente). Sin embargo lo que me llevó al exilio fueron extrañas circunstancias juveniles. Es cierto que toda mi familia se exilió en la Embajada de Francia, también es cierto que yo pude haberme quedado en Chile en casa de mi padrino, como lo hizo mi hermano menor, quien sólo se fue a Paris con el afán de viajar, estudiar y ampliar su bagaje cultural, sin embargo y como dije anteriormente, lo que decidió mi futuro, mi vida, fueron los acontecimientos de esa tarde de principios de octubre de 1973.
Estábamos con un par de amigos, Miguel, al que todos le llamaban Micky Mund, por su afición de ir todos los días del verano a la piscina Mund, que dicho sea de paso, fue convertida en edificios de departamentos. Al pasar por delante, me imaginé que a esos moradores deben penarles por las noches, los fantasmas de tantos amores muertos de aquella época. Decía que estábamos aquella tarde con Miguel, quien partió al exilio con nosotros y después de un par de años se aburrió del “carrete” de Paris y se fue a Saint Tropez, donde se convirtió en restaurador de muebles, al heredar la empresa y el oficio del padre de su trágicamente fallecida esposa, y con Jorge Marín, de quien no he vuelto a saber.
Recuerdo que el toque de queda era a las nueve de la noche. Poco rato antes, nos habíamos fumado un cigarrillo de marihuana, y cuando nos bajó el hambre, uno de ellos propuso cocinar tallarines. Cuando estaban casi listos, advertimos que no había salsa de tomates, entonces Miguel propuso salir a comprar. No advertimos que cuando salíamos eran las nueve con cinco minutos. Al llegar a la Torre, el edificio más alto de la Villa olímpica, donde estaban los locales comerciales, frente al “Unicoop”, fuimos interceptados por una patrulla militar, que procedió a detenernos, y tras revisarnos, luego de nuestras inútiles explicaciones, fuimos trasladados al Estadio Nacional, principal centro de detención de la dictadura.
A la mañana siguiente fuimos pasados a interrogatorio. Casi no nos golpearon, pero cada vez que nos interrogaban, un militar decía: - ¡Grita conchetumadre!! Con el fin de amedrentar a los demás detenidos. Así transcurrió el primer día.
Al día siguiente, se llevaron primero a Jorge. Lo escuchamos gritar, pedir por favor, suplicar; luego unos disparos y el silencio. Más tarde aconteció lo mismo con Miguel y luego fue mi turno. Al ingresar a la sala de interrogatorios, establecida en dependencias ubicadas en los túneles, al parecer lo que corresponde a camarines, un oficial de bigotes y cara cuadrada, me interpeló diciendo que mis amigos y yo éramos chilenos de segunda categoría, que éramos parias y no éramos un aporte a la sociedad que el “gobierno militar” quería construir. Dijo que la limpieza de Chile se hacía necesaria, imprescindible. Con esas palabras, dio la orden para que la patrulla que lo acompañaba, me apuntara con sus fusiles, y pese a mis súplicas, me fusilaron. Mis esfínteres se soltaron y el tronar de los balazos es un ruido ensordecedor que me ha acompañado el resto de la vida. Que fueran balas de salva no te libera de la impresión, ya que ese era el objetivo de la maniobra.
Al día siguiente se repitió la operación, y a cada uno de nosotros nos dijeron lo mismo: -Despídanse porque esta vez va en serio.
Allí pasamos sólo tres días, y al comprobar que no estábamos involucrados en política nos soltaron. Lo que no puedo olvidar es a varios hombre que entraron por esa puerta y luego de los ruidos de balas, no volvieron a estar con nosotros, en nuestras angustias nocturnas, oíamos salir camiones, que suponíamos llevaban sus cuerpos.

Ahora que he vuelto, después de treinta y tres años, en que no gocé de privilegios de exiliado político, y tampoco gozo de los de “retornado”, he vuelto a caminar por Santiago, y a revivir una antigua costumbre: cada vez que venía al centro, pasaba a la “Fuente Alemana” ubicada en Plaza Italia, desde que mi compañero de liceo, Aldo, hoy actor, me llevó por primera vez. He encontrado los mismos sabores, con la diferencia que los sándwich ya no los envuelven en papel. Allí estaba la mujer que me atendía de adolescente, alta delgada, de rasgos finos, todavía cumpliendo la misma función: atendiendo clientes y esperando la propina. Ni una promoción ha pasado por su vida, sólo las ojeras y las arrugas, fieles testigos del paso del tiempo, en una ciudad que según he leído, es de las con mayor tasa de depresión en el mundo, y cómo no.

01 febrero, 2007

LA MADRE NATURALEZA


Llegó a la casa un día de noviembre, curiosamente lluvioso, en plena estación primaveral, por eso su nombre: Martina Lluvia, una hermosa gata blanca, limpia y delicada.
Supongo que desde muy pequeña pensó que yo era su amo, acostumbrada a mi voz durante el trayecto en automóvil el día que me la regalaron, para dársela a mi hija, con el fin de superar la muerte de su querido gato Martín. Por eso, siempre intentó dormir en mi pieza, en lo posible dentro de mi cama, así, desde que ella llegó, duermo con la puerta cerrada, a causa de lo liviano de mi sueño.
Siempre tuvimos la idea de esperar que tuviera sus primeros gatitos antes de esterilizarla, y si alguien está en contra de esterilizar a una mascota, es que no se ha visto frente a la necesidad de regalar un gran número gatitos, e ignora lo que significa varios gatos marcando territorio al interior de la casa. De cualquier forma, nuestra idea, siempre consistió en una primera camada antes de esterilizarla.
Así transcurrieron dos años antes de que se embarazara. Cuando sucedió, tanto mi hija como yo nos dispusimos a tener unos bellos gatitos y a pensar en regalarlos a nuestros amigos más queridos.
La gata Martina se paseaba lenta por la pesadez de su vientre, sin entender lo que le estaba sucediendo.
Un día, empezó a maullar como pidiendo ayuda, llegaba reiteradamente hasta donde yo me encontraba, maullaba y me instaba a seguirla. La verdad, no supe que hacer. Siempre pensé que estas cosas hay que dejárselas a la naturaleza para que las solucione.
Al parecer la gata entendió del mismo modo la situación e inexperta, procedió: Acarreó sus pequeños peluches, de aproximadamente quince centímetros de largo, hasta el rellano de la escala, en el segundo piso de la casa, y allí se instaló. Al cabo de unos minutos parió su primer gatito, pequeño, indefenso. Lo curioso fue que en lugar de atenderlo, acogerlo, se echó encima de los peluches con notable instinto maternal.
Allí, a lo largo de la tarde, unas cuatro a cinco horas, fue teniendo sus gatitos, con intervalos de treinta a cuarenta minutos, hasta que se sintió intimidada y se fue al dormitorio de mi hija, que ha sido el suyo también.
Lo que no logro entender aún, es que no atendió a sus crías, las dejó abandonadas, preocupándose sólo de ella misma, pienso que se sentía muy adolorida.
Al día siguiente, cuando me levanté, temprano, me llevé la desagradable sorpresa de encontrar a cuatro de los cinco gatitos, muertos, abandonados. Sólo el quinto en nacer seguía maullando desesperado. La Martina Lluvia se hacía la desentendida, y descansaba luego de su trabajoso parto. Entonces mi ánimo cambió, reconozco que me enojé, tomé a la martina por el pellejo del cuello, la acosté de lado, tomé a la cría y se la puse en el vientre.
Inmediatamente la cría empezó a buscar con su hocico, mientras la Martina intentaba pararse, enojada, y yo más enojado aún, la sostenía con fuerza, mientras la regañaba, explicándole que ese era su hijo y que ella tenía deberes de madre, como si la gata pudiese entenderme. Así permanecí sentado en el suelo, afirmándola, casi media hora, hasta que se produjo el milagro: la gata comprendió que debía dedicarse a su cría y ya no ofreció resistencia. Una hora más tarde, madre y cría se habían hecho inseparables.
Ahora me parece que la naturaleza no es tan sabia, y tengo el sentimiento de haber podido salvar a todas las crías de haber sabido algo más sobre gatas primerizas.
No puedo esperar que el próximo parto sea distinto, porque no está en los planes un próximo embarazo felino en casa. Lo que me alegra de todo esto es que su cría, por ser la única, no será regalada, se quedará con nosotros, como regalo del cielo.